Para Bartolo nada es imposible

Con un solo brazo, casi completamente rígido y otros problemas de salud, un campesino del Valle de Caujerí sobrepasa a muchos de sus colegas en la producción de alimentos. El Consejo de Estado le otorgó la medalla Romárico Cordero, por sus resultados integrales durante más de una década
Texto y fotos: Por Julio César Cuba Labaut

camp-2Bartolo Matos Columbié nació por segunda vez a los 18 años. Desde entonces la vida le deparó escollos y avatares que solo su voluntad y disposición para el trabajo, les permitieron superar, pero a pesar de todo hoy se considera un hombre afortunado.
Hasta el 8 de septiembre de 1963, la infancia y adolescencia de este campesino de la Cooperativa de Créditos y Servicios Mariana Grajales, en el Valle de Caujerí, transcurrieron con total normalidad en compañía de sus padres, a quienes ayudaba en la finca, ubicada en La Criolla, a un costado de Puriales, pues no pudo ir a la escuela hasta 1958, con casi 15 años de edad.
Poco tiempo después, en 1961, cuando espigaba la juventud, se incorporó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias, mediante un llamado especial que se hizo por las diferentes bases campesinas del país, y fue enviado a la Isla de la Juventud a cumplir la misión que le encomendaron.
Dos años después, en una unidad militar cercana a la suya, subió a un poste para arreglar un desperfecto eléctrico que dejó sin el servicio a dicha instalación y un corrientaza lo lanzó al suelo a más de 30 pies de altura, le carbonizó el brazo derecho y le incendió la ropa provocándole quemaduras por todo el cuerpo.
Desde esa fecha, con sólo 18 años, Bartolo tuvo que sufrir las traumáticas consecuencias del accidente: la amputación de su brazo principal, sucesivas intervenciones quirúrgicas, injertos, dolorosas curaciones, entre otras lesiones y limitaciones físicas, con las que ha tenido que aprender a lidiar para poder sobrevivir.
Sin embargo, nunca se amilanó ni retrocedió, por el contrario, con un solo brazo y la muñeca sin articulación por las secuelas del accidente, siguió adelante y enfrentó múltiples desafíos, como el de enamorar a la encantadora joven Zoila Durán Sánchez, su compañera de batalla, junto a quien creó una bella familia, de la cual nacieron dos hijos, a los que supieron educar.
camp-4“Si fue capaz de seducirme y “pegarme” dos barrigas, no tenía más alternativas pues en lo adelante estaba obligado a trabajar duro para criar y mantener a los pequeños, pero le confieso que no tengo quejas, ha sido un marido excepcional”, reconoce Zoila.
Mientras la salud se lo permitió permaneció al servicio de las FAR, donde cursó estudios hasta graduarse como operario de plantas de telex y trabajó en occidente y luego en el Estado Mayor Santiago de Cuba hasta que, por la agudización de la enfermedad en una de sus piernas, tuvo que retirarse en 1974.
Entonces su vida dio un giro muy brusco. Tuvo que aprender a hacer muchas cosas para poder mantener a su esposa y un hijo pequeño, pues la chequera de 76.40 pesos que le aseguraron no alcanzaba para nada, “pero aquí estoy vivito y coleando, como dice el dicho.
“Tuve que buscarme la vida como pude en el reparto Flora, en Guaibanó, a donde nos fuimos a vivir ese mismo año: picar leña para un tejar, vender agua en carreta, aprender carpintería, pues fabriqué una cama de la que alguien se enamoró y la vendí, luego hice otras a la que les di el mismo destino.
“Algo similar sucedió con las carretas y los yugos para las yuntas de bueyes, los cuales todavía fabrico. Todo eso con un serrucho y un berbiquí, que eran las únicas herramientas que tenía”.
Tiempo después la necesidad obligó al incansable Bartolo irse a una finca que le prestaron en Pozo Azul y ponerla a producir durante más de 12 años, sin incorporarse a ninguna forma productiva:
“Con la mano izquierda he tenido que enyugar los bueyes, chapear con machete y azadón, arar y sembrar la tierra, darle las atenciones culturales a las plantaciones, recoger las cosechas, criar animales, cuidarlos, vender las producciones, en fin todo lo que hace un campesino por vergüenza”.
camp-5Pero como la finca no era de él, la devolvió a sus dueños en 1993. Entonces se mudó al poblado de San Antonio del Sur, donde construyó una casa, hasta que cinco años más tarde le otorgaron un pedazo de tierra, por la Resolución 257, para cultivar tabaco, en la CCS Mariana Grajales, donde lleva una década y media.
Allí, luego de desbrozar el marabú y convirtió en finca casi de referencia lo que era un potrero abandonado. Además de los campos bien sembrados para garantizar la comida del pueblo y de los animales, preparó su propio compost para ayudar a la fertilización del suelo…
Actualmente tiene una hectárea de frutabomba con muy altos rendimientos, que ya comenzó a cosechar, y guayaba intercalada en desarrollo, para asegurar 40 toneladas de la materia prima que procesa la moderna industria construida en ese denominado jardín natural por el Líder de la Revolución cubana, y cumplir con la orientación del país de producir para sustituir importaciones.
También otra hectárea dedicada a cultivos varios, en la que en la más reciente cosecha de tomate acopió tres toneladas por encima de las 15 planificadas que entregó a la fábrica, aun cuando el huracán Sandy arrasó con las plantaciones que tuvo que volver a sembrar, además de frijol Caupí y boniato.
“Hasta ahora siempre he cumplido mis planes de viandas, vegetales y carne de caprino con la CCS, al tiempo que aporto dos litros diarios de leche de una vaca a la bodega, resultados que se multiplican desde el año pasado que tenemos agua segura y sistemas de regadío”, asegura Bartolo, en quien los directivos de la junta administrativa de la cooperativa reconocen su seriedad en el cumplimiento de los contratos.
Sostuvo varios convenios de ceba, precebas y reproductoras, pero finalmente renunció a esa actividad porque la Empresa Porcina no garantizaba seriedad y confianza en la materialización de los contratos, fundamentalmente en la entrega de la comida.
Al trabajo en la finca, Bartolo y su familia agradecen las comodidades que entre todos han ido creando progresivamente. Por eso ante el agravamiento de la enfermedad circulatoria de su padre, hace año y medio, uno de sus hijos decidió dejar el empleo y seguir su ejemplo, pero él continúa metido en el surco.
“Hoy, a pesar de todo, soy un hombre feliz”, dice quien disfruta el orgullo de haber sido el mejor productor de tabaco en todo el Valle de Caujerí, en el 2000, Vanguardia Nacional ese mismo año y en el 2010 y poseer la medalla Romárico Cordero, que a propuesta de la ANAP otorga el Consejo de Estado a quienes como él brillan por sus resultados integrales durante más de una década.
Y es que hombres como Bartolo, para quien nada es imposible a pesar de haber cumplido 69 años el pasado 24 de agosto y llevar 51 de ellos luchando con un solo brazo, hacen mucha falta para materializar en nuestra provincia el propósito de construir un socialismo más próspero y sostenible.

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Acerca de juliocuba

Periodista, amante de su Patria
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